30 de Mayo de 2014
Costa del Estrecho de Gibraltar
El paseo marítimo de aquella ciudad estaba desierto esa temprana mañana. Apenas había amanecido y las nubes se apartaban levemente dejando entrar los primeros rayos de sol que hacía días no se veían por la espesa lluvia. Las calles seguían mojadas, cada baldosa rojiblanca tenía en sus estrechos huecos de su fino dibujo charcos de agua. Algunas yacían rotas cual socabón tras pasar por viento y agua, otras en cambio pecaban de nuevas haciéndose notar frente a las otras.
Tras un muro de unos cuarenta centrímetros podía verse la playa. El rugir de las olas era leve y la marea bajaba dejando su espumosa huella en la orilla oscurecida por su anterior llegada.
Entre los bares, cafeterías y heladerías de la zona, sólo uno había dejado las mesas fuera, ahora yacían encharcadas y maltrechas bajo un toldo recogido. En una de las mesas un hombre sentado ataviado por una chupa de cuero, unos vaqueros y unas robustas botas, las cuales habrían sido más eficaces para campo que para ciudad. El caballero cubría su cara con una gorra de golf blanca y unas gafas de aviador. Fumaba un Montecristo mientras parecía que esperaba a alguien. Al cabo de unos escasos minutos apareció otro hombre. Apenas debía medir el metro setentaicinco, la contradicción de su delgadez con su abultada barriga hacían preever que era adicto a la cerveza, aparte de su evidente adicción al tabaco. Su vestimenta era más antitemporal que la de el hombre que esperaba su encuentro, éste en cambio llevaba una camisa por fuera del pantalón, arrugada y a medio remangar en la que llevaba en su bolsillo un paquete de rubios. Los botones desabrochados de la camisa dejaban entrever los pelos pelirrojos que asomaban de su pecho combinando así con los pocos rapados que le quedaban en su cabeza. Sus ojos también enstaban ocultados por unas gafas de sol, éstas en cambio redondas y con un cristal de un marrón tenue. Poco a poco el pelirrojo se fue acercando a quién parecía llevar esperándole horas por el par de puros apagados en las baldosas que había a su alrededor.
- No ha sido fácil encontrarte Robles - Dijo el hombre sentado mientras los primeros rayos de sol dejaban entrever entre sus labios una perfilada perilla canosa.
- ¿Henry? Pensaba que nuestra "asociación" - Dijo mientra gesticulaba comillas con sus manos - había acabado tras el estallido aéreo en el Heathrow.
Robles tenía una voz algo aguda para un hombre de treinta y tantos. Sus gesticulaciones y su sonrisa amarillenta con cada palabra hacían de él una persona inquietante. Cada cierto tiempo le daba una larga calada a su cigarro y, según se la daba, expulsaba su humo por la nariz.
- Quinientas cuarenta personas Robles... Según mis investigaciones eras alguien eficaz, alguien en quien poder encargar un trabajo complicado ¿Qué salió mal?
- Eficaz, exacto. Si mal no tengo entendido tenía que seguir broker y apartarlo de su inversión respecto a las acciones de Retracts Enterprise y eso hice - Dijo mientras acababa con una carcajada.
- ¡Quinientas cuarenta personas Robles!
- Doscientos treinta y nueve varones, doscientas mujeres y ciento un niños. Sí, yo también leí las noticias... Daños colaterales. En principio no era mi intención estrellar el avión, mis trabajos no suelen ser sutiles pero no llegan a tal magnitud. El problema es que mi persona fue descubierta y el número de personas implicadas crecían por cada rumor de butaca. Es increíble como la gente se divierte con cualquier chisme. En cualquier caso y como previamente he dicho el trabajo resultó. Pero he de averiguar que no has venido sólo aquí a que te cuente lo que ya leíste en la esquela del periódico. Dime viejo conocido por correspondencia ¿Qué te trae por aquí?
- ¿Conoces la Teoría del Caos?
- Ehm... Sí - Afirmó Roberto con tono desconcertado.
- Bien. Pues tú has provocado su caos - Dijo Henry mientras señalaba a un joven que estaba apoyado sobre una pared a cien metros tras Robles.
- Ya me percató Alexander que estabas descontento con el trabajo que te fue asignado, sin embargo nunca pensé que lo dejarías con vida... Parece que vas a tener que ir dejando este negocio, empiezas a ponerte sentimental.
- ¿La jubilación?
- Puedes verlo así ¿Qué mejor que el día de la Paz?
Henry apagó el puro que llevaba fumando un rato, se levantó y hizo un gesto de afirmación con la cabeza.
- Pensé que opondrías más resistencia.
Roberto Robles sacó del bolsillo derecho de su pantalón una vereta con silenciador, apuntó a Henry y en ese mismo momento Arturo Vidal había llegado a su altura para propiciarle un corte en su costado haciéndole caer contra el suelo.
- "Pues ¿quién soportaría el denigrante azote de los tiempos, el mar del opresor, la ofensa del soberbio, la aungustia del amor menospreciado, la tardanza en la ley, el poder arrogante, pudiendo, con un simple puñal liquidar cuentas?" - Recitó Henry.
- Hamlet... - Dijo Robles mientras se reía y agonizaba en el suelo - ¿Veneno?
- Sí, uno muy sutil. Aunque más sutil fue que el declive de tu vida lo asestara aquel a quien habías destrozado la vida años atrás.
La sonrisa amarillenta de Robles permaneció aún habiendo llegado su muerte. Sin testigo alguno Henry y Arturo se desicieron del estilete manchado de sangre y veneno arrojándolo al mar y dejaron el cadaver de roble tumbado sobre el húmedo suelo que cubría el paseo. Encima, un periódico con fecha del 15 de Abril de 2012. Y una nota en la portada que alertaba "Aquí yace vuestro hombre".
- Bueno Hen, por fin ha acabado.
- ¿Qué piensas hacer ahora Arthur?
- Arturo. - corrigió - Me gusta este sitio, quizás pase un tiempo aquí hasta que pase el verano. Aunque también me gustaría visitar a la doctora Piers, esa doctora que me atendió en el hospital Kirchberg de Luxemburgo. De todas las que hemos conocido en nuestro distintivo viaje, ella sigue siendo la que más mantengo en mi retina. - terminó diciendo mientras sonreía.
- Es curioso que te guste este sitio. Y respecto a la doctora... Déjate de necedades.
- En fin... ¿Dónde estamos exactamente? - Preguntó mientras reía.
- En el paseo marítimo de Getares, Algeciras. Y más vale que nos vayamos yendo ya. En un par de horas abrirán las cafeterías y empezará a llegar gente.
- Y tú ¿qué? ¿Te quedarás?
Mientras Henry se alejaba le lanzó las llaves del Mercedes a Arturo, se encendió un puro y finalizó diciendo:
- Aún tengo alguien a quien he de dar un asunto pendiente antes de retirarme.