Viento de poniente del estrecho mediterráneo. Se mueve desde las montañas hasta bajar la marea. La limpia. La enfría. El sol de medio día quema con sus rayos desde un cielo despejado. La brisa azota baja la arena y crea picos afilados en el mar. Pocas son las dispares sombrillas que hay repartidas por la arena. Son pocos los que rechazan que el final de la estación ha llegado, dejando sus sandías enterradas en la orilla para tomárselas con el máximo frescor. Aprovechando la tranquilidad de aquel último día.
Ella juega con las olas en el límite que separa la arena seca de la orilla. Levantando los granos que la componen con cada zancada. Corre. Baila. Sonríe. Él yace sentado en su silla. Bajo sombra, con un libro. Lee. La observa. Sonríe. Era una reina capaz de moverse a cada lado del tablero. Él, un peón examinando el tablero poco a poco. Analizando cada movimiento, aun solo pudiendo realizar uno. Era curioso lo que el sol hacía con los cabellos de aquella sílfide, los cuales nacían rubios para terminar dorados como la primera luz del alba. Los ojos del pensador, escondidos tras unas oscuras gafas, ocultaban un principio de heterocromía, sus iris pardos se tornaban de un verde olivo con su exposición a los rayos solares. La sonrisa empezó a esconder cierto pesar. La lectura se había vuelto aburrida. No podía evitar pensar que no volverían a cruzar sus miradas hasta pasadas tres estaciones.
La marea dejó de bajar. El viento cambiaba. El sol se escondía. Las sombrillas habían ido desapareciendo. Solo dos cercanas quedaban en aquella cala. Era hora de irse. Recogió la sombrilla, el libro y el macuto. Miró. Una vez más. Y al girarse escuchó por primera vez su voz. Le contesta. Se marcha. Sonríen.
"Que la distancia no borre los recuerdos y las sensaciones de cualquier viaje.
Por cercanos y simples que sean."