<< En el primer vistazo podía confundirse con un mercader de lejanas tierras. Esos que recorren todas las ciudades y venden sus productos en otras y descansan en las tabernas contando sus diferentes aventuras de los peligrosos caminos que han atravesado. No. Él no era ninguno de esos comerciantes. Si bien era un hombre de caminos y mundos, fácilmente reconocible por sus alforjas y el polvo de su capa encapuchada sumado al de sus botas. Pero sólo bastaba con echar otro vistazo para percatarse de la extraña espada de su espalda. Escondida bajo su capa y asomando sólo por la parte superior de la capucha podía observarse su larga empuñadura decorada con azules tiras de tela entrelazadas. Era una espada que jamás había visto. Era larga y parcialmente curva, de un solo filo. Pensé que la procedencia de la espada explicaría el por qué de la posición de ésta en la espalda en vez de en su cinto o cargada en la montura de la yegua. Pero nada tenía que ver. Aquel misterioso aventurero la llevaba a su espalda porque le otorgaba más agilidad. Era alto y fuerte, pero no rudo. Me atrevería a decir que hasta algo delgado. Exceptuando la suciedad del calzado, su atuendo bajo la capa estaba bien cuidado. Cuero endurecido de buena calidad para protegerse y camisa de lino blanco tras su chaqueta abotonada. Se sentó ahí mismo justo donde está sentado el caballero de verde, al que la camarera está sirviendo la pinta, junto al fuego de la chimenea. Ahí pude verle el rostro. Sus cabellos rubios entrecanos, su barba perfectamente afeitada y su pálida tez.
Era noche de asado, cualquiera que entrara aquí salivaría como lo hace el perro de Anna Enriquetta, la de la casa rojo corinto de la entrada de Los Bastones. En cambio aquel misterioso hombre de afeitado rostro solo pidió una copa de vino. No penséis que fue la primera de muchas, solo se contentó con aquella. Se la bebió en tres buches separados de pocos minutos, pagó al dueño por adelantado y se instaló en una habitación de la segunda planta. Salió de madrugada, según sé. Y Dios sabe lo que hizo hasta que pude verlo la noche siguiente. Esa vez no fue aquí sino en el banco del mirador este. Fumaba en una pipa de madera. Junto a él, reposando en el banco, una carta de papel de primera calidad. Y, para mi sorpresa, con el sello del oficial de la guardia.
No voy a pegarme el moco. Poco sé de aquel visitante. Lo único que puedo afirmar es que contadas cosas más se han escuchado sobre el problema de Queenfort desde que montó en su caballo y abandonó estas tierras. >>
- ¿Qué dirección tomó?

