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domingo, 29 de noviembre de 2020

Pastaflora

Caminaba para despejarse. Recorría las calles y callejones de aquella ciudad esperando encontrar algo diferente en ellas. A veces se perdía. Se perdía en sus pensamientos. Memorias pasadas y posibles futuros hacían que su pecho se volviera a presionar con tal agresividad que le faltaba el aire. Sus zapatos repiqueteaban el empedrado y realizaban un acompañamiento perfecto a la musicalidad del bullicio de la hora del café. El atardecer se acercaba con premura gracias a la estación otoñal. El olor a pasteles recién hechos lo hizo sentarse en un cafetería argentina de Lavapiés. Pidió un café solo y decidió observar a las variopintas personas que la ciudad ofrecía. Había poco que observar. Grupos de jóvenes como él, parejas melosas sonriendo, algún actor de no mucho reconocimiento y camareros impasibles ante su objetivo, formaban el gentío que por allí acostumbraban a pasar. Aún le quedaba la mitad de la taza cuando entró. No parecía ser asidua por allí. Cometió el mismo error de novato que había cometido él minutos antes. Al entrar pasó la vista por la cafetería, se fijó en la madera blanca de las paredes, en la tarima ocre del suelo y en las mesas caobas del centro. En la multitud de escritos en las pizarras con dibujos realizados por tizas de colores. En los pasteles. Ahí se tomó su tiempo. Acarició con su dedo índice el mostrador de cristal hacia cada pastel que miraba. Sus ojos mostraban una concentración comparable a la del león que observa a su presa. Su dedo se deslizaba lentamente hasta que paró. Miró al camarero y pidió una pequeña pastaflora con un capuchino. Se sentó en una esquina. El capuchino estaba servido en un gran tazón rojo que le hizo recordar a aquellas series americanas donde piden cafés enormes que nunca se acaban los protagonistas. Él sonrió ante aquel plano fílmico que parecía estar viendo. No podía apartar la vista de aquella chica. Tan delicada y decidida. Tan sonriente e ilusionada. Los minutos pasaron, la media taza hacía tiempo que se había quedado fría y ella ya no ocupaba aquella esquina. Él siguió ensimismado en aquellos pensamientos que le habían estado atormentando, pero su pecho ya no le aprisionaba. Lo miraba todo desde otra perspectiva. Aún había momentos que le dejarían sin habla.


"Si no estás haciendo lo que amas, estás perdiendo tu tiempo".

- Billy Joel.

sábado, 31 de octubre de 2020

El huésped

<<Mis más ilustres señores. Puesto que habéis venido a mi posada un día más y vuestros carruajes tardarán en volver a por vosotros, permitidme que os cuente una de mis historias. Una que, probablemente, superará a las otras historias con creces. Pues esta historia no es una historia habitual. No trata sobre chismorreos entre personas de alta cuna, destrozos de borrachos o historias de clientes variopintos que pasan por aquí; no parroquianos, por supuesto. Recordad, una vez empiece la historia no debéis interrumpirme, pues me adelantaré a cualquier pregunta que tengáis y si no es así probablemente no valga la pena responderla. La historia comienza la semana pasada. ¿Recordáis aquella tormenta tan atroz? La posada se había quedado vacía aquel día. Las gotas de lluvia repiqueteaban sobre la acera como los granizos que suelen caer por febrero. El ciprés de aquí al lado se movía con tal fuerza que pensaba que se caería sobre una de las ventanas y terminaría encharcándome toda la madera del suelo. Me disponía a cerrar con llave cuando una misteriosa figura entró por la puerta. No oí carruaje alguno. Bien por el sonido del viento o, por lo que yo creo, bien por que no lo tomó. La figura vestía un abrigo negro completamente empapado, un sombrero de fieltro que le cubría hasta las cejas y una bufanda oscura que tapaba su rostro hasta la nariz. Me quedé observándolo con cuidado. Ya sabéis que no soy hombre de mucho confiar y menos con aquellos a quien no conozco. La figura se quitó su atuendo siniestro. Bajo aquel abrigo, sombrero y bufanda se descubrió una figura delgada, de gris traje, barba de entrecanas y gafas de miope. Se sentó en la barra y me hizo un ademán con la mano. Yo, que soy de buen comer y viendo el tiempo que hacía, había preparado un buen estofado aquel día para calentarme y calentar a los parroquianos que decidieran acudir a tal majestuosa posada. De modo que una vez me acerqué le pregunté si podía ofrecerle un plato caliente; a lo que él, con educación y pocas palabras, denegó y pidió un whisky. No parecía de por aquí y no paraba de preguntarme por qué aquel hombre había parado en un lugar perdido de Whitechapel con tan misteriosa aura. Así que le pregunté. Ya sabéis que no soy cotilla, pero soy curioso en cuanto a personas que entran por mi puerta. Él parecía cansado, con un aire de decepción y desesperación. Sus ojos indicaban querer desahogarse a la par que miedo de ser juzgado, pero finalmente se abrió. Me contó su historia, basada en algo más parecido a una leyenda que a una realidad. Me contó que había viajado por la isla. Viajó hasta Irlanda con la esperanza de encontrar a una vieja tribu pagana de la que se había informado. Aquella tribu utilizaba las viejas artes de los druidas celtas. Entre otras muchas cosas se decía que eran expertos en la molibdomancia y la oomancia. Vosotros, ignorantes como yo en este tema, os preguntaréis que diablos son estos palabros de los que hablo. Pues bien, parece ser que la molibdomancia es un antiguo método de adivinación que consiste en observar la figura que un plomo derretido crea cuando se vierte sobre una superficie plana. En la oomancia en cambio se usaba un huevo de ave para llevar a cabo tales fines, de forma excepcional el de una gallina. No me preguntéis como se lleva a cabo dicho ritual porque la verdad es que carezco de total imaginación para siquiera intentar explicarlo. Por lo visto dichos paganos utilizaban estas técnicas en la víspera del Samhain para predecir su futuro. Ellos consideran el Samhain la entrada a un nuevo año y sucede durante la noche del treinta y uno de octubre y la madrugada del uno de noviembre. Por lo que, dadas las fechas en las que estamos, aquello había sucedido hace escasos días. Pues bien, ahí me hallaba yo. Justo detrás de mi barra. Y ahí se hallaba él, justo en ese banco. No podía estar más absorto con la historia. Ya sabéis lo que me gustan las buenas historias. Lo que no alcanzaba a comprender era por qué le había dedicado una narración tan explicita a sus técnicas de adivinación en vez de explicar, simple y llanamente, que son una tribu de paganos bárbaros que juegan a ser magos. Y yo, que soy avispado para estas cosas, asumí que era precisamente por aquella intrigante adivinación por la que aquel misterioso hombre había abarcado tan tremendo viaje. Así que le abordé con la pregunta de cuál era su objetivo con tan bravo viaje. Él me comentó que ansiaba saber su futuro, pues hacía poco había perdido un ser querido. Supuse que sería su amada, pero dada su voz quebrada preferí guardarme la curiosidad para mí. Él ansiaba poder volver a comunicarse con aquel ser querido. Decía que su único objetivo era aquel. La noche se tranquilizó, la lluvia seguía repiqueteando, pero de forma tan relajada que podría haber dormido a un bebé que pidiera su sesión de lactancia. Cortó la historia sin previo aviso, cogió sus avíos y me pidió una habitación, a ser posible sin vecinos a los lados. Y así lo dispuse yo, sin mucha dificultad dado que la taberna estaba vacía. Bien, vayamos a lo que os interesa. Sentado en la cama, a punto de apagar el candil lo escuché. Un golpe seco contra la madera. Pensé en no acercarme por la intimidad de quien se hospeda en mi posada, pero no pude evitar echar un ojo. Al acercarme a su puerta vi por la parte inferior del marco un reflejo, como si de agua densa se tratara. Al acercar el candil vi la sangre. Pregunté si estaba todo correcto y sin dejar mucha demora abrí la puerta. Ahí fue cuando lo vi. Aquella figura, antes misteriosa, se situaba ante mi colgada y desnuda con el miembro amputado. Desconozco cual fue el pecado por el cual se castigaba, por el cual había acudido a los paganos. Todos nos imaginamos algo, pero aquella persona decidió emprender la valentía de los cobardes justo en mi posada. Y es por esa historia, queridos amigos, por lo que la taberna está tan llena hoy, por lo que habéis venido y por lo que hubiera deseado que aquel ciprés se hubiera reventado contra mi ventana. Por tener la excusa de no dar cabida a nadie y por borrar de mi mente tan macabra silueta>>.



domingo, 11 de octubre de 2020

La dramatización de un caso

Ambos llegamos por la mañana. El aire llegaba a los pulmones con esa fragancia característica de cuando la madrugada ha acabado hace breves minutos. Según nos acercábamos a nuestro destino, más se viciaba el aire. Todo acababa aquí. Once días atrás encontramos los cadáveres de dos jóvenes, los cuales hacía pocos meses que habían llegado a la edad adulta. Fueron encontrados por un viejo pescador al alba, seis días tras la muerte de ambos, en una cueva medio inundada junto a la cala del pueblo. Cuando vi la escena no pude evitar recordar mis clases de historia del arte. Me recordó al río Estigia y a los enamorados Orfeo y Eurídice. A aquella pintura en la que Caronte vigila a los enamorados justo antes de que Eurídice se desvanezca frente a los ojos de su amado a las puertas del Hades. Hacía once días de aquel día. Diecisiete de su muerte. Habíamos reunido toda la historia. Un fotógrafo de la zona se había obsesionado con nuestra Eurídice y le había ofrecido una sesión de fotos. Ella, joven, inocente y con el egocentrismo que tienen aquellas personas atractivas hoy día con las malditas redes sociales, aceptó. Lo que no contó el asesino es que nuestro Orfeo, celoso e intrigado, había decidido seguir a su novia hasta la sesión y con ello consiguió el mismo final. Todo acababa ahora. Tras once días, once días de desesperante investigación e interrogatorios, teníamos al dueño de tan dramática obra. Estacionamos en el aparcamiento de la cafetería, junto a su coche. Acababa de acabar su desayuno. Salió por la puerta. No corrió. No vaciló. Extendió sus manos para disposición de las esposas. Todo había acabado.

    Tras la recogida del susodicho por una patrulla que venía tras nosotros paramos a desayunar en aquella cafetería. Tenían puesto la emisora clásica. Un Para Elisa interpretado por la orquesta sinfónica de nosequé me abstraía y alteraba al mismo tiempo. Cadencia de sonidos que realizaban una danza macabra junto al olor del café, del cigarrillo y los pensamientos.

    - ¿Sabes? me cabrea la gente guapa. –Me atreví a atacar el silencio que existía entre mi compañero y yo-. La gente que es guapa y lo sabe. La gente que es guapa y se desliza por la vida en vez de andar, en vez de escalar. Me enfada. Me siento impotente. Y no por la envidia, si no por la adversidad que existe en hacerlos entender. Ser guapo tendría que venir como un don que entrenar junto con la inteligencia. El guapo e inteligente puede dominar el mundo. El que solo es guapo o guapa solo domina a la juventud. Un alma con habilidad caduca. Eso es lo que me enfada. Que desperdicien su vida por ser guapos.

    - El único responsable de su muerte es el asesino. No su atractivo. –Respondió mi compañero con esa frialdad característica de quien lleva años en esta profesión.

    - Es cierto. Pero es irónico. Es como aquel boom del “selfie”. Aquellas personas que morían al caerse por acantilados por el simple hecho de buscar unos “likes”. Estos chicos han muerto en cierta medida por esa condición que mueve ahora a la sociedad.

    - Demasiado emocional. Sigues culpando a su ego antes que al asesino. Como cuando el asesinato te recordó a aquella leyenda griega. Mira la historia como ha sido, no como la plasmarías en un libro. Un hideputa se ha cargado a dos jóvenes inocentes que no sabían de la vida más allá de lo que la juventud proporciona: inocencia. Ha finalizado algo que jamás se recompondrá. Finito.

    El silencio volvió. Junto con el final de la bagatela de Beethoven. Junto con las últimas caladas del cigarrillo de mi compañero. Y con ello mi impotencia.

    - Tu problema es que eres analítica. –Rompió él esta vez-. En ciertos aspectos es una virtud, puede ayudar a la investigación. Pero en esta profesión se necesita más la deducción. Hacemos justicia dentro de los marcos que tenemos. Sí, es probable que siendo menos atractivos no hubieran muerto. Es probable, como también es probable que hubieran muerto otros. O que un conductor ebrio atropelle a alguien y se de a la fuga. Siempre estamos con la muerte tras la oreja y no podemos obsesionarnos con ello y estar constantemente analizando el pasado. Por eso me gusta cerrar el círculo sentándome a tomar un café y fumarme un cigarrillo en silencio. Pienso en el caso, sí. Pero evito la hostigación propia.

    Asentí. Continué en silencio. Elisa se había acabado.


Orfeo y Eurídice