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domingo, 24 de enero de 2021

Al menos no son cinco monos

En un cuarto piso de la capital vivía un hombre de mente cerrada e ideas predeterminadas. Vivía junto con su compañera de vida, en la cual podía verse su mayor virtud a la legua: la paciencia. Aquel hombre vivía según sus costumbres, sin cambios, sin nada que lo alterara, sin emociones. No era viejo, ni joven. No era alto, ni bajo. No era guapo, ni tampoco feo. Era una de esas personas que sabes que están ahí, pero no te fijas. Cuando no trabajaba, gastaba su tiempo en la lectura. Leía psicología, pero también novelas de misterio. A veces le daba por la dramaturgia, pero se cansaba el intentar recordar quién era quién con tan poca descripción y tanto diálogo. Muy de vez en cuando salía con sus amigos y bebía. No era un borracho, no bebía a diario. Pero cuando salía cogía ese puntillo que muchos necesitan para estimular una emoción ficticia. Un día llegó a casa del trabajo, cansado y dispuesto a cenar y a acostarse. Su compañera de vida le comentó que había un perro que iban a sacrificar a no ser que lo cuidaran durante dos noches. El perro en cuestión era un chucho del tamaño de un potro recién nacido. Un mastín cruzado con un labrador, negro como el carbón y de edad adulta. “No entrará un perro en casa y menos ese diplodocus”, fue su único argumento. Su compañera de vida, de loable corazón, hizo de oídos sordos y le dispuso su decisión de ignorarle. Él, disgustado y malhumorado, salió por la puerta dando un portazo. Se reunió con sus amigos y pasó del puntillo. Al despertar a la mañana siguiente oyó fuertes ruidos que venían desde su salón. Al ir hacia allí, se encontró con cinco monos que saltaban por toda la sala. Se enganchaban a la lámpara central y tiraban todas las cosas de las estanterías mientras chillaban. El más activo de todos, de pelo albino, se le subía a los hombros y le tiraba del pelo. Ahí despertó. La resaca y la alteración de su orden habían hecho de su noche un caos. Oyó ruidos en el salón, cogió su batín y caminó con pies de plomo. Al llegar a la sala lo vio. Era más un mastín que un labrador, de imponente figura y cara de bonachón. Su compañera de vida lo miró temerosa de su reacción. “Meh, al menos no son cinco monos” fue lo que él dijo.


"Un momento puede cambiar un día, un día puede cambiar una vida y una vida puede cambiar el mundo."

- Buda.