La noche era clara, despejada. El rumor de las olas sumado a la suave brisa que brindaba aquel viento de levante era lo único que podía oírse en aquella aislada playa. Entre los finos granos de arena se escondían grandes rocas de afiladas aristas. La luna y el cielo estrellado regalaban junto a su reflejo marino una luz mágica azulada. En el centro de aquella cala habitaba una chica. Su oscura melena apenas podía vislumbrarse a esas horas de la madrugada. Era delgada, extremadamente delgada. Pero elegante y sensual a la vez. Pensativa, melancólica y sola miraba el romper de las olas junto a la orilla. La pequeña espuma que se formaba al final de éstas acariciaba sus pies desnudos levemente un centímetro. Sus labios, ligeramente gruesos, querían formar una línea de disconformidad junto con su ceño fruncido. En sociedad aquella chica podría haberse puesto una coraza por una petición de sí misma para con sus allegados y de esta manera no mostrar su verdadero pesar y sentir. Este tipo de protección siempre tiene explicación, nunca se produce por conformidad del azar. Pero no necesitaba la coraza. No allí. Allí estaba sola. Sentada en aquella blanca y, a la vez, azulada arena. Allí se sentía como era realmente. No necesitaba nada más que sentirse ella misma, aunque fuera en soledad, aunque fuera de manera melancólica y triste. No había interpretación, ecuación o resultado. Simplemente estaba ella. Ese pensamiento atípico la hizo sonreír. Y la fuerte línea que separaba sus labios formo una sonrisa tranquila y blanquecina. ¿Qué quién era ella? Qué más da. Mientras callando guarde oscuro el enigma, siempre valdrá el cambio en su sonrisa más que cualquier pensamiento pasado.
miércoles, 28 de septiembre de 2016
domingo, 14 de agosto de 2016
Historias de taberna
- Llegó a la ciudad a paso con una oscura yegua con alforjas cargadas.
<< En el primer vistazo podía confundirse con un mercader de lejanas tierras. Esos que recorren todas las ciudades y venden sus productos en otras y descansan en las tabernas contando sus diferentes aventuras de los peligrosos caminos que han atravesado. No. Él no era ninguno de esos comerciantes. Si bien era un hombre de caminos y mundos, fácilmente reconocible por sus alforjas y el polvo de su capa encapuchada sumado al de sus botas. Pero sólo bastaba con echar otro vistazo para percatarse de la extraña espada de su espalda. Escondida bajo su capa y asomando sólo por la parte superior de la capucha podía observarse su larga empuñadura decorada con azules tiras de tela entrelazadas. Era una espada que jamás había visto. Era larga y parcialmente curva, de un solo filo. Pensé que la procedencia de la espada explicaría el por qué de la posición de ésta en la espalda en vez de en su cinto o cargada en la montura de la yegua. Pero nada tenía que ver. Aquel misterioso aventurero la llevaba a su espalda porque le otorgaba más agilidad. Era alto y fuerte, pero no rudo. Me atrevería a decir que hasta algo delgado. Exceptuando la suciedad del calzado, su atuendo bajo la capa estaba bien cuidado. Cuero endurecido de buena calidad para protegerse y camisa de lino blanco tras su chaqueta abotonada. Se sentó ahí mismo justo donde está sentado el caballero de verde, al que la camarera está sirviendo la pinta, junto al fuego de la chimenea. Ahí pude verle el rostro. Sus cabellos rubios entrecanos, su barba perfectamente afeitada y su pálida tez.
Era noche de asado, cualquiera que entrara aquí salivaría como lo hace el perro de Anna Enriquetta, la de la casa rojo corinto de la entrada de Los Bastones. En cambio aquel misterioso hombre de afeitado rostro solo pidió una copa de vino. No penséis que fue la primera de muchas, solo se contentó con aquella. Se la bebió en tres buches separados de pocos minutos, pagó al dueño por adelantado y se instaló en una habitación de la segunda planta. Salió de madrugada, según sé. Y Dios sabe lo que hizo hasta que pude verlo la noche siguiente. Esa vez no fue aquí sino en el banco del mirador este. Fumaba en una pipa de madera. Junto a él, reposando en el banco, una carta de papel de primera calidad. Y, para mi sorpresa, con el sello del oficial de la guardia.
No voy a pegarme el moco. Poco sé de aquel visitante. Lo único que puedo afirmar es que contadas cosas más se han escuchado sobre el problema de Queenfort desde que montó en su caballo y abandonó estas tierras. >>
- ¿Qué dirección tomó?
martes, 9 de agosto de 2016
Idealización de recuerdos
Había seis cosas de aquel lugar que lo caracterizaban: la lucha entre las secas acículas del suelo y la húmeda niebla que se colaba entre los árboles, la cercanía de la playa en la cual podían diferenciarse en la madrugada todas las constelaciones (cuyas sólo conozco dos), ese inmenso mar con sus bancos de peces que te seguían cuando buceabas entre ellos... Las dos siguientes cosas eran sensaciones, sentimientos abstractos ¿La última? Ese árbol que te acompaña cada cierto tiempo. Las adelfas lo decoran, aquellas flores tan venenosas y de agradable olor y color. Se dice que si las hueles durante un corto periodo de tiempo terminan dando cefalea (de eso voy servido).
Recordaba los viejos veranos en este lugar. Mucho más colorido, con más gente y melancolía en el aire, con un futuro ya escrito. Ahora todo parecía más incierto.
El descansado viaje había venido acompañado del viejo Jack y "los de toda la vida". Recuerdo un día a los doce años. Sonriendo. Todo estaba planeado...
Recordaba los viejos veranos en este lugar. Mucho más colorido, con más gente y melancolía en el aire, con un futuro ya escrito. Ahora todo parecía más incierto.
El descansado viaje había venido acompañado del viejo Jack y "los de toda la vida". Recuerdo un día a los doce años. Sonriendo. Todo estaba planeado...
Había seis cosas que caracterizaban aquel lugar. Dos eran sensaciones.
domingo, 24 de julio de 2016
Las primeras brisas del alba
Llevábamos ya un par de días cabalgando y habíamos
pernoctado la pasada noche en un puesto comercial cercano a un pueblo, que
alquilaba pocas habitaciones. El lugar era decente, limpio y con un dueño de
buena educación que nos invitó al desayuno. Me desperté temprano y decidí salir
a tomar el aire, el calor había hecho que la noche se hiciera algo larga y me
levantara con náuseas. Fui a ver a Brasa, que parecía haber tenido mi
mismo destino. No paraba de beber en el abrevadero y refugiarse en la sombra.
Se lo merecía, había sido una yegua muy eficiente estos días atrás. Con el calor y las náuseas agradecí la poca brisa que me brindaba el clima de las
primeras horas del alba. Me paré pensativo, fijándome en todos los detalles que
por la noche no había podido observar con claridad. La montaña tras el puesto y
la llanura en su frente. Las diferentes aves que por allí anidaban. El
silencio. Sin lugar a dudas, la falta de bullicio fue lo que más me impresionó.
La gente que pasaba por allí era variopinta, pero poca al fin y al cabo. No
eran suficientes como para combatir la música diaria de una ciudad. Pronto se
levantaría mi compañero y ese momento acabaría. Tendríamos que seguir nuestro
cabalgue a las gélidas tierras del norte. Dónde las costas son un mito y el
verano dura solamente un mes. Seguía absorto en todos mis pensamientos, todo lo
que dejaba atrás, las cosas que me perdería, si la aventura contrarrestaría
todo lo perdido...
Desde la
puerta y aún masticando el último trozo de pan salió mi compañero. Según se acercaba los rayos del sol se reflejaban juguetones en su Smith & Wesson y los repliques de sus botas perturbaban la tranquilidad que abundaba en aquel lugar. Llegó mirándome
con sonrisa pícara y haciendo una negativa con la cabeza.
- Deberías descansar más. Falta mucho camino por
delante. Si dormimos unas cinco horas diarias y de las cuales no llegas a
cuatro durarás en el camino tres días más a lo sumo. Eso hará que nos
retrasemos y tendré que llevarte a cuestas. Y no me apetece.
Ignorando la palabrería y cháchara contesté abriendo
otro tema.
- He entendido tu consejo...
- Es lógica pura, hay que dormir al igual que hay
que com...
- No. -intervine antes de que volviera a empezar- Me
refiero al otro consejo, el de anoche.
Me miró con cara de recién levantado extrañado. Con
lo que hablaba probablemente ni siquiera se acordaría de a qué me refería y del
por qué una de sus frases me había calado tan hondo. Quise comenzar a
explicárselo cuando me sorprendió de pronto.
- La vida hará que conozcas a mucha gente. Muchas de
estas personas permanecerán en tu recuerdo, tienes buena memoria así que la
mayoría, pero otras caerán en el olvido. Un egoísta recuerda sólo de los que ha
podido sacar algo y de los que en un futuro podrá sacar. Tú también recuerdas a
los que personalmente te han aportado algo, aunque sólo sea una simple idea. El
hecho de que te marches lejos significa que perderás el contacto con la mayoría
no que dejarán de existir en tu recuerdo. Habrá personas que, irremediablemente, perderás. Vuestros caminos se cruzaron pero nunca estuvieron
destinados a seguir juntos.
- He dicho que he entendido el consejo, no que esté
de acuerdo. Una persona puede esforzarse en fortalecer relaciones aún cuando la
distancia juega en su contra. Si bien la correspondencia no es lo mismo que el
trato personal es un avance a tener en cuenta. No siempre habrá distancia y el
destino es travieso con el futuro. ¿Quién sabe? Quizás los caminos vuelvan a
juntarse.
En todos los años que mi compañero y yo habíamos
mantenido conversaciones con ideas dispares siempre tuvo la última palabra, dando
miles de razones. Esta vez se quedó callado. Me miró un instante, comprendiendo
que ni siquiera yo me creía. Aún así yo mantuve mi compostura e ideal. Él se
alejó, ensilló su caballo y me animó a hacer lo mismo. Nunca hablamos más del
tema, el tiempo nos daría la razón. Aunque ambos ya sabíamos la certeza del
asunto...
sábado, 9 de julio de 2016
Monotonías diversas
Cada día se pueden recorrer decenas de aventuras y no lo hacemos por miedo. Pánico al cambio que este pueda aportar en nuestra monotonía diaria. Es fácil quedarse sentado. Planear todos los detalles. Quedarse en un estado el cual sería más fácil comparar con una máquina que con el de una vida plena. Cada día se exponen miles de situaciones delante de nosotros las cuales consciente o inconscientemente elegimos a nuestro paso. A veces hay que arriesgar, no siempre tendremos las mismas oportunidades. No siempre podremos hacer las mismas locuras que soñamos y no nos atrevemos. No siempre un atardecer puede ser eterno.
Tampoco hay que hacer lo más alocado a nivel imaginativo. Basta con hacer algo diferente. Tumbarse en un parque, hierva recién cortada y su aire impregnado con olor de rocío y lavanda.
"No elegimos como empezamos en esta vida.
Tampoco hay que hacer lo más alocado a nivel imaginativo. Basta con hacer algo diferente. Tumbarse en un parque, hierva recién cortada y su aire impregnado con olor de rocío y lavanda.
"No elegimos como empezamos en esta vida.
La verdadera grandeza es que hacemos con lo que nos ha tocado."
domingo, 17 de abril de 2016
Tras el telón
La oscuridad lo envuelve todo. Las personas permanecen calladas. Concentradas en sus pensamientos. Absteniéndose de toda realidad existente más allá del libreto, las bambalinas, la preparación de la iluminación, la música. Muchos susurran. Otros, en cambio, se pasean con nerviosismo por los bastidores. Se oye el reír del público. Los flashes de las cámaras fotográficas reflejan la parte delantera del telón. La sala sigue oscura. Lúgubre. Sin toda realidad existente que la que hay más allá del libreto, las bambalinas, la preparación de la iluminación, la música. El director de escena observa, dubitativo, examinando con cierto escepticismo el trabajo de los actores. Los intérpretes lo notan. No lo quieren defraudar. De la nada se escucha "Prevenidos", "Estad listos, en nada entramos al siguiente acto". El nerviosismo se percibe en el ambiente. Se puede llegar a vislumbrar alguna que otra palpitación en el pecho de algunos protagonistas. Instantáneamente el público crea el silencio tras el telón. El protagonista se serena. Convirtiéndose en otro. Suspira colocándose tras las bambalinas. Un foco proveniente desde el cielo de la sala crea una iluminación circular en el centro del escenario. El protagonista camina de manera pausada hacia su punto. Se oye el chocar de los zapatos contra las tablas de madera. Un sonido sordo. Clock, clock, clock. En los bastidores la oscuridad lo envuelve todo. Las personas permanecen calladas. Concentradas en sus pensamientos. Absteniéndose de toda realidad existente más allá del libreto, las bambalinas, la preparación de la iluminación, la música. El protagonista adopta una pose circunspecta. Mira al público con ojos que no le pertenecen. Y con voz altiva, sin un deje de grito, cita: "Ser o no ser, he ahí la cuestión".
Tras la obra los actores saludan desde el escenario. El público se levanta. Muchos se emocionan. La oscuridad se ha disipado. Sólo hay luz.
Sólo hay aplausos.
Tras la obra los actores saludan desde el escenario. El público se levanta. Muchos se emocionan. La oscuridad se ha disipado. Sólo hay luz.
Sólo hay aplausos.
jueves, 31 de marzo de 2016
El atardecer de los tiempos
Típico era el sendero por el que cruzaba aquel niño. El sol dejaba entrever algunos de sus rayos cuando estos se colaban entre los huecos de las ramas de los pinos con sus verdes acículas. La lluvia de días atrás, sumada al clima primaveral, regalaba el olor de las rocío púrpuras frescas junto al de los pinos. Terminado el sendero se alzaba un claro junto a un río. De entre todos los palos de viejas ramas que había por el suelo, aquel niño decidió hacerse con el más resistente y largo para su estatura. Con mirada pícara y sonrisa irónica fue haciendo fintas. De repente, una estocada. Otra. Una aún mayor. Sumaba las fintas a los ataques. Los ataques a la floritura elegante que le daba a aquel palo. Giraba sobre sus pies. El viento y sus movimientos hacían ondear su camiseta. Repentinamente paraba, exhausto, jadeaba. Pero no perdía la pose, la compostura, su sonrisa. Mirándolo desde otro punto de vista. Desde su punto de vista, el mundo era diferente. No hacía tanto sol, el clima primaveral se tornaba nublado y más oscuro, el aroma de las flores pasaba a ser un olor húmedo y frente a él no sólo había aire y espacio. Corrió hacia delante volviendo a su formación de fintas. Cogía la inercia del movimiento de su brazo para asestar aquel golpe a aquella criatura imaginaria. Estaba solo. Rodeado. Con tan sólo la defensa de su espada plateada de empuñadura azul. Aprovechaba los ataques enemigos para hacer sus contraataques. Sus golpes eran imprecisos desde una vista en tercera persona. Pero no. No desde su vista, desde luego. Él era el héroe y aquellas criaturas, su razón de ser. Su destino. Su deber. Destruirlas y mejorar, ante todo. Sólo quedaban diez, así que se concentró. Las tenía justo delante, sombras oscuras intentando ser antropomórficas, haciendo un arco en su formación para tenerle más a su merced. No podía esperar esquivarlas todas, no podía esperar contraatacarlas. Tenía que tomar la iniciativa. Así que corrió. Corrió como como sólo él sabía. Moviéndose bajo. Haciendo resonar la tierra bajo sus pies. Y atacó. La sombra cayó rápidamente. Sólo quedaban nueve. Y empezaban a moverse rápido. Empezaban a rodearle. Así que dio una voltereta hacia atrás, giró sobre sí mismo y acabó con otra. Ocho. Volvió a mirar e intentar averiguar sus movimientos, pero una de ellas atacó primero hiriéndole en el costado izquierdo. Intentó atacar pero otra le propició un golpe en la parte trasera de su rodilla, haciéndole caer sobre la otra pierna. Se levantó apretando la mandíbula de dolor e hizo un movimiento curvado horizontal con la espada degollando a dos de ellos. Seis. Cada vez que acababa con alguno sus sombras se difuminaban hasta convertirse en la niebla que asolaba aquel lugar. Tenía que ser rápido. Cambió de postura a una esgrima más romántica. Las sombras se movían a medida que pasaba el tiempo a más velocidad. El chico aseguró bien sus pies al suelo preparado para romper paso atrás por cada golpe. Uno a la derecha. Dos a la izquierda arriba y hacia el costado. El último lo esquivó y lanzó un fondo acertado. Cinco. La siguiente estocada la paró y, girando su espada, desarmó a aquella sombra aprovechando sus gavilanes. Otra le atacó por detrás, lo que le obligó a hacer un movimiento complicado para defenderse, dejando al descubierto su frontal. Deshizo rápidamente su defensa apartándose un poco de la zona de combate. La sombra desarmada iba a hacerse de nuevo con su arma. Aquel niño jadeaba. Su sonrisa, poco a poco, iba desvaneciéndose. Su rostro se veía pálido comparado con su oscura camiseta. Pero sonrió. Volvió a sonreír como antes. Y avanzó hacia ellos andando. Y giró. Cuatro. Y dio una finta. Tres. Voltereta hacia la derecha. Dos. Y una última estocada. Una. Se tomó un momento. La observó bien y se percató. Era tarde y el sol empezaba a caer. "Ya jugaremos otro día" dijo sonriente. Y se marchó, corriendo.
A veces sigo siendo ese niño.
A veces sigo siendo ese niño.
domingo, 21 de febrero de 2016
El Evocar del Silencio
Era ya mediodía cuando llegué a la plaza de aquella distinguida ciudad. Las herraduras de los caballos repiqueteaban contra la calle adoquinada. Las ruedas de sus carruajes chirriaban al avanzar por los intrínsecos baches. El agua de una gran fuente resonaba al caer por sus largas paredes de mármol. El aire hacía música juntando todos los sonidos al bullicio que hacía la gente con sus tareas mundanas y monótonas. Era su armonía particular. Cada objeto, animal o persona era un acorde y sabían hacer los acompañamientos a la perfección. Había tardado cinco años en terminar mis estudios. En decidir qué dejar atrás. Y en postrarme ante aquel edificio de grandes columnas culminadas con un frontón renacentista. Estaba nervioso. Siempre había andado con control de la situación, con saber de cada movimiento y me encontraba ante arenas movedizas. La entrada también tenía su armonía monótona. Pero mucho más elegante, más sutil, más baja. Miré a la recepcionista. Su cabello rubio ondulado caía como una cascada hasta reposar en su alba blusa. Tras unos minutos me animé a subir las escaleras tratando de contener la tentación de subir los escalones de dos en dos como hacía en mi vieja casa. Al subir contemplé la redacción. En su música despuntaban las máquinas de escribir ante los apremiantes dedos de quién termina artículos flamantes.
Pasado un rato las maquinillas seguían chasqueando y los trabajadores eran ajenos a mi presencia. Vi como un hombre con chaleco y mangas remangadas se acercaba a mi asintiendo. "Mesa doce, junto al pelirrojo. Una columna. Será colocada en la página trece. Listo a las seis" me dijo. Más que habiendo hecho un amago de hablar, me apresuré a sentarme frente a aquel hermoso artilugio lleno de letras ansioso por presentar mi escritura a la capital británica.
Volví a presenciar la plaza por la que había llegado desde la ventana junto a mi mesa. Volví a oír su música, su armonía, su risa. Polifonía obligada a secularizar tras ese día. Giré hacía mi máquina. Coloqué el papel. Y escribí mis primeras líneas: "7 de septiembre de 1940".
Pasado un rato las maquinillas seguían chasqueando y los trabajadores eran ajenos a mi presencia. Vi como un hombre con chaleco y mangas remangadas se acercaba a mi asintiendo. "Mesa doce, junto al pelirrojo. Una columna. Será colocada en la página trece. Listo a las seis" me dijo. Más que habiendo hecho un amago de hablar, me apresuré a sentarme frente a aquel hermoso artilugio lleno de letras ansioso por presentar mi escritura a la capital británica.
Volví a presenciar la plaza por la que había llegado desde la ventana junto a mi mesa. Volví a oír su música, su armonía, su risa. Polifonía obligada a secularizar tras ese día. Giré hacía mi máquina. Coloqué el papel. Y escribí mis primeras líneas: "7 de septiembre de 1940".
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