Era la hora del café y su
taza residía en una bonita bandeja de plata junto a unas pastas. La sala estaba
consumada por el aroma que emanaba de su pipa caoba. Comenzaba lo que los
fotógrafos llaman la “Golden Hour” y el sol empezaba a esconderse tras las
montañas que podían vislumbrarse en el horizonte. Él yacía allí, sentado en su
butaca de piel bermellón, frente al ventanal que daba al jardín. Si hubiera
estado fuera, el olor de las amapolas vencería al de las nubes de humo que
salían de aquel instrumento de madera que tan raudo cogía tras su café. Siempre
estaba allí a esa hora. Las sombras empezaban a vencer aquella inmensa batalla
diaria, invadiendo el jardín y apagando los vivos colores de las flores. Aún
recuerdo las historias que me contaba sobre ella. Bailando en el jardín. Hacía
tiempo que dejó de contar esas historias y con ello su rostro se tornó austero
y su actitud adusta.
¡Qué complicado era todo! Pensaba ella en sus últimos
días mientras sorbía las últimas gotas de su copa. Allí, indefensa. Sentada en
ese rincón del suelo de su salón que tan segura la hacía estar. Qué complicado
era todo, pensaba mientras volvía a llenar su copa con aquel semiseco blanco. Reflexionaba
sobre su día a día mientras sus pies desnudos acariciaban aquel áspero parquet.
Abdico - se dijo. Abdico ante la dudosa
tenacidad a seguir fingiendo mi pesar frente a los demás. Pues sonrío, bromeo,
bailo y juego… cuando realmente estoy rota.
Las sombras habían vencido como cada día, el jardín se
contemplaba oscuro. Y el espectador tras la ventana hacía mucho que se había acabado
el café. Allí seguía mirando por el traslúcido cristal dispuesto a levantarse.
Allí seguía, contemplando el paisaje, con un amago de sonrisa, como si la viera
aún. Bailando… entre un mar de amapolas.
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