Dulce amargura al olfato decanta. Llena la habitación con su aroma. La dulzura que conlleva esa pizca de azúcar y la suavidad de la espuma que roza tus labios vespertinos.
Cada día, tarde, noche. El cuerpo lo pide y tu lo quieres, la ausencia sería demasiado devastadora. Necesitas su compañía en el duro día a día, te mantiene despierto, te ayuda a vivir. La felicidad que te produce verlo es tan radiante que tu cara se ilumina sin tu quererlo, aún no desando mostrar esa empatía típica de inexpertos y jóvenes ¿Qué si no te hace interesante mientras lo consumes? ¿Qué si no te guardas para ti mismo?
Es una adicción, una necesidad. Algo a lo que todos nos rendimos. Él, cual abarca tantos símiles con el café...
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