Te acuestas, cierras los ojos y escuchas el gorgoteo del agua de lluvia que choca contra los adoquines y las paredes de tu casa. Esa melodía capaz de traspasarte al estado onírico. Capaz de hacer que una película cobre dramatismo o que, simplemente, un paisaje mejore al siguiente día.
Muchos dirán que es sombría, triste, melancólica. Pero hay pocos paisajes mejores que el que se queda al irse la lluvia.
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