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jueves, 31 de marzo de 2016

El atardecer de los tiempos

Típico era el sendero por el que cruzaba aquel niño. El sol dejaba entrever algunos de sus rayos cuando estos se colaban entre los huecos de las ramas de los pinos con sus verdes acículas. La lluvia de días atrás, sumada al clima primaveral, regalaba el olor de las rocío púrpuras frescas junto al de los pinos. Terminado el sendero se alzaba un claro junto a un río. De entre todos los palos de viejas ramas que había por el suelo, aquel niño decidió hacerse con el más resistente y largo para su estatura. Con mirada pícara y sonrisa irónica fue haciendo fintas. De repente, una estocada. Otra. Una aún mayor. Sumaba las fintas a los ataques. Los ataques a la floritura elegante que le daba a aquel palo. Giraba sobre sus pies. El viento y sus movimientos hacían ondear su camiseta. Repentinamente paraba, exhausto, jadeaba. Pero no perdía la pose, la compostura, su sonrisa. Mirándolo desde otro punto de vista. Desde su punto de vista, el mundo era diferente. No hacía tanto sol, el clima primaveral se tornaba nublado y más oscuro, el aroma de las flores pasaba a ser un olor húmedo y frente a él no sólo había aire y espacio. Corrió hacia delante volviendo a su formación de fintas. Cogía la inercia del movimiento de su brazo para asestar aquel golpe a aquella criatura imaginaria. Estaba solo. Rodeado. Con tan sólo la defensa de su espada plateada de empuñadura azul. Aprovechaba los ataques enemigos para hacer sus contraataques. Sus golpes eran imprecisos desde una vista en tercera persona. Pero no. No desde su vista, desde luego. Él era el héroe y aquellas criaturas, su razón de ser. Su destino. Su deber. Destruirlas y mejorar, ante todo. Sólo quedaban diez, así que se concentró. Las tenía justo delante, sombras oscuras intentando ser antropomórficas, haciendo un arco en su formación para tenerle más a su merced. No podía esperar esquivarlas todas, no podía esperar contraatacarlas. Tenía que tomar la iniciativa. Así que corrió. Corrió como como sólo él sabía. Moviéndose bajo. Haciendo resonar la tierra bajo sus pies. Y atacó. La sombra cayó rápidamente. Sólo quedaban nueve. Y empezaban a moverse rápido. Empezaban a rodearle. Así que dio una voltereta hacia atrás, giró sobre sí mismo y acabó con otra. Ocho. Volvió a mirar e intentar averiguar sus movimientos, pero una de ellas atacó primero hiriéndole en el costado izquierdo. Intentó atacar pero otra le propició un golpe en la parte trasera de su rodilla, haciéndole caer sobre la otra pierna. Se levantó apretando la mandíbula de dolor e hizo un movimiento curvado horizontal con la espada degollando a dos de ellos. Seis. Cada vez que acababa con alguno sus sombras se difuminaban hasta convertirse en la niebla que asolaba aquel lugar. Tenía que ser rápido. Cambió de postura a una esgrima más romántica. Las sombras se movían a medida que pasaba el tiempo a más velocidad. El chico aseguró bien sus pies al suelo preparado para romper paso atrás por cada golpe. Uno a la derecha. Dos a la izquierda arriba y hacia el costado. El último lo esquivó y lanzó un fondo acertado. Cinco. La siguiente estocada la paró y, girando su espada, desarmó a aquella sombra aprovechando sus gavilanes. Otra le atacó por detrás, lo que le obligó a hacer un movimiento complicado para defenderse, dejando al descubierto su frontal. Deshizo rápidamente su defensa apartándose un poco de la zona de combate. La sombra desarmada iba a hacerse de nuevo con su arma. Aquel niño jadeaba. Su sonrisa, poco a poco, iba desvaneciéndose. Su rostro se veía pálido comparado con su oscura camiseta. Pero sonrió. Volvió a sonreír como antes. Y avanzó hacia ellos andando. Y giró. Cuatro. Y dio una finta. Tres. Voltereta hacia la derecha. Dos. Y una última estocada. Una. Se tomó un momento. La observó bien y se percató. Era tarde y el sol empezaba a caer. "Ya jugaremos otro día" dijo sonriente. Y se marchó, corriendo.

     A veces sigo siendo ese niño.

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