La oscuridad lo envuelve todo. Las personas permanecen calladas. Concentradas en sus pensamientos. Absteniéndose de toda realidad existente más allá del libreto, las bambalinas, la preparación de la iluminación, la música. Muchos susurran. Otros, en cambio, se pasean con nerviosismo por los bastidores. Se oye el reír del público. Los flashes de las cámaras fotográficas reflejan la parte delantera del telón. La sala sigue oscura. Lúgubre. Sin toda realidad existente que la que hay más allá del libreto, las bambalinas, la preparación de la iluminación, la música. El director de escena observa, dubitativo, examinando con cierto escepticismo el trabajo de los actores. Los intérpretes lo notan. No lo quieren defraudar. De la nada se escucha "Prevenidos", "Estad listos, en nada entramos al siguiente acto". El nerviosismo se percibe en el ambiente. Se puede llegar a vislumbrar alguna que otra palpitación en el pecho de algunos protagonistas. Instantáneamente el público crea el silencio tras el telón. El protagonista se serena. Convirtiéndose en otro. Suspira colocándose tras las bambalinas. Un foco proveniente desde el cielo de la sala crea una iluminación circular en el centro del escenario. El protagonista camina de manera pausada hacia su punto. Se oye el chocar de los zapatos contra las tablas de madera. Un sonido sordo. Clock, clock, clock. En los bastidores la oscuridad lo envuelve todo. Las personas permanecen calladas. Concentradas en sus pensamientos. Absteniéndose de toda realidad existente más allá del libreto, las bambalinas, la preparación de la iluminación, la música. El protagonista adopta una pose circunspecta. Mira al público con ojos que no le pertenecen. Y con voz altiva, sin un deje de grito, cita: "Ser o no ser, he ahí la cuestión".
Tras la obra los actores saludan desde el escenario. El público se levanta. Muchos se emocionan. La oscuridad se ha disipado. Sólo hay luz.
Sólo hay aplausos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario