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miércoles, 28 de septiembre de 2016

Mar de brisas

La noche era clara, despejada. El rumor de las olas sumado a la suave brisa que brindaba aquel viento de levante era lo único que podía oírse en aquella aislada playa. Entre los finos granos de arena se escondían grandes rocas de afiladas aristas. La luna y el cielo estrellado regalaban junto a su reflejo marino una luz mágica azulada. En el centro de aquella cala habitaba una chica. Su oscura melena apenas podía vislumbrarse a esas horas de la madrugada. Era delgada, extremadamente delgada. Pero elegante y sensual a la vez. Pensativa, melancólica y sola miraba el romper de las olas junto a la orilla. La pequeña espuma que se formaba al final de éstas acariciaba sus pies desnudos levemente un centímetro. Sus labios, ligeramente gruesos, querían formar una línea de disconformidad junto con su ceño fruncido. En sociedad aquella chica podría haberse puesto una coraza por una petición de sí misma para con sus allegados y de esta manera no mostrar su verdadero pesar y sentir. Este tipo de protección siempre tiene explicación, nunca se produce por conformidad del azar. Pero no necesitaba la coraza. No allí. Allí estaba sola. Sentada en aquella blanca y, a la vez, azulada arena. Allí se sentía como era realmente. No necesitaba nada más que sentirse ella misma, aunque fuera en soledad, aunque fuera de manera melancólica y triste. No había interpretación, ecuación o resultado. Simplemente estaba ella. Ese pensamiento atípico la hizo sonreír. Y la fuerte línea que separaba sus labios formo una sonrisa tranquila y blanquecina. ¿Qué quién era ella? Qué más da. Mientras callando guarde oscuro el enigma, siempre valdrá el cambio en su sonrisa más que cualquier pensamiento pasado.


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