L'Île de la Cité. Mi lugar favorito de
París. Adoraba el ajetreo de la plaza que se unía al rumor del Sena. El olor
que desprendían las panaderías cercanas creaba un ambiente cálido, aunque las
bajas temperaturas asolaran a aquel lugar. Me sentía seguro, acompañado, bajo
la mirada de todas las esculturas de bulto redondo que se posaban en la portada
y las torres de la catedral. A pesar de llevar solo una primavera, invariablemente
de cuantas veces pasara por allí, me quedaba de forma petrificada mirando la
expresión de aquellas faces. Me dirigía al Pont au double, observaba el caudal
del río y me servía de su brisa tan característica. La esquina que conectaba el puente con la isla era el lugar
perfecto. Me sentaba. Abría la cremallera
de la funda. Y sacaba aquella guitarra acústica de color caoba. Mi más preciado bien. Acariciaba las cuerdas de la forma
más suave posible para que me hablaran. Una leve
nota indicaba que debía hacer. Afinaba con sumo cuidado. No había rumores, transeúntes u olores que me hicieran
desconcentrar. Solo estaban las notas. Una vez afinada, me incorporaba. Ponía mi mejor sonrisa. Y con la funda
abierta a mis pies, comenzaba con la
misma canción que sonaba en mi cabeza cada vez que paseaba por allí. Aquella de Edith Piaf que alude al mayor
sentimiento. Pues al fin y al cabo, es la ciudad del amor.
“Cantar es una forma de escapar. Es otro mundo”
Edith Piaf.
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