Caminaba para despejarse. Recorría las calles y callejones de aquella ciudad esperando encontrar algo diferente en ellas. A veces se perdía. Se perdía en sus pensamientos. Memorias pasadas y posibles futuros hacían que su pecho se volviera a presionar con tal agresividad que le faltaba el aire. Sus zapatos repiqueteaban el empedrado y realizaban un acompañamiento perfecto a la musicalidad del bullicio de la hora del café. El atardecer se acercaba con premura gracias a la estación otoñal. El olor a pasteles recién hechos lo hizo sentarse en un cafetería argentina de Lavapiés. Pidió un café solo y decidió observar a las variopintas personas que la ciudad ofrecía. Había poco que observar. Grupos de jóvenes como él, parejas melosas sonriendo, algún actor de no mucho reconocimiento y camareros impasibles ante su objetivo, formaban el gentío que por allí acostumbraban a pasar. Aún le quedaba la mitad de la taza cuando entró. No parecía ser asidua por allí. Cometió el mismo error de novato que había cometido él minutos antes. Al entrar pasó la vista por la cafetería, se fijó en la madera blanca de las paredes, en la tarima ocre del suelo y en las mesas caobas del centro. En la multitud de escritos en las pizarras con dibujos realizados por tizas de colores. En los pasteles. Ahí se tomó su tiempo. Acarició con su dedo índice el mostrador de cristal hacia cada pastel que miraba. Sus ojos mostraban una concentración comparable a la del león que observa a su presa. Su dedo se deslizaba lentamente hasta que paró. Miró al camarero y pidió una pequeña pastaflora con un capuchino. Se sentó en una esquina. El capuchino estaba servido en un gran tazón rojo que le hizo recordar a aquellas series americanas donde piden cafés enormes que nunca se acaban los protagonistas. Él sonrió ante aquel plano fílmico que parecía estar viendo. No podía apartar la vista de aquella chica. Tan delicada y decidida. Tan sonriente e ilusionada. Los minutos pasaron, la media taza hacía tiempo que se había quedado fría y ella ya no ocupaba aquella esquina. Él siguió ensimismado en aquellos pensamientos que le habían estado atormentando, pero su pecho ya no le aprisionaba. Lo miraba todo desde otra perspectiva. Aún había momentos que le dejarían sin habla.
"Si no estás haciendo lo que amas, estás perdiendo tu tiempo".
- Billy Joel.
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