Páginas

sábado, 31 de octubre de 2020

El huésped

<<Mis más ilustres señores. Puesto que habéis venido a mi posada un día más y vuestros carruajes tardarán en volver a por vosotros, permitidme que os cuente una de mis historias. Una que, probablemente, superará a las otras historias con creces. Pues esta historia no es una historia habitual. No trata sobre chismorreos entre personas de alta cuna, destrozos de borrachos o historias de clientes variopintos que pasan por aquí; no parroquianos, por supuesto. Recordad, una vez empiece la historia no debéis interrumpirme, pues me adelantaré a cualquier pregunta que tengáis y si no es así probablemente no valga la pena responderla. La historia comienza la semana pasada. ¿Recordáis aquella tormenta tan atroz? La posada se había quedado vacía aquel día. Las gotas de lluvia repiqueteaban sobre la acera como los granizos que suelen caer por febrero. El ciprés de aquí al lado se movía con tal fuerza que pensaba que se caería sobre una de las ventanas y terminaría encharcándome toda la madera del suelo. Me disponía a cerrar con llave cuando una misteriosa figura entró por la puerta. No oí carruaje alguno. Bien por el sonido del viento o, por lo que yo creo, bien por que no lo tomó. La figura vestía un abrigo negro completamente empapado, un sombrero de fieltro que le cubría hasta las cejas y una bufanda oscura que tapaba su rostro hasta la nariz. Me quedé observándolo con cuidado. Ya sabéis que no soy hombre de mucho confiar y menos con aquellos a quien no conozco. La figura se quitó su atuendo siniestro. Bajo aquel abrigo, sombrero y bufanda se descubrió una figura delgada, de gris traje, barba de entrecanas y gafas de miope. Se sentó en la barra y me hizo un ademán con la mano. Yo, que soy de buen comer y viendo el tiempo que hacía, había preparado un buen estofado aquel día para calentarme y calentar a los parroquianos que decidieran acudir a tal majestuosa posada. De modo que una vez me acerqué le pregunté si podía ofrecerle un plato caliente; a lo que él, con educación y pocas palabras, denegó y pidió un whisky. No parecía de por aquí y no paraba de preguntarme por qué aquel hombre había parado en un lugar perdido de Whitechapel con tan misteriosa aura. Así que le pregunté. Ya sabéis que no soy cotilla, pero soy curioso en cuanto a personas que entran por mi puerta. Él parecía cansado, con un aire de decepción y desesperación. Sus ojos indicaban querer desahogarse a la par que miedo de ser juzgado, pero finalmente se abrió. Me contó su historia, basada en algo más parecido a una leyenda que a una realidad. Me contó que había viajado por la isla. Viajó hasta Irlanda con la esperanza de encontrar a una vieja tribu pagana de la que se había informado. Aquella tribu utilizaba las viejas artes de los druidas celtas. Entre otras muchas cosas se decía que eran expertos en la molibdomancia y la oomancia. Vosotros, ignorantes como yo en este tema, os preguntaréis que diablos son estos palabros de los que hablo. Pues bien, parece ser que la molibdomancia es un antiguo método de adivinación que consiste en observar la figura que un plomo derretido crea cuando se vierte sobre una superficie plana. En la oomancia en cambio se usaba un huevo de ave para llevar a cabo tales fines, de forma excepcional el de una gallina. No me preguntéis como se lleva a cabo dicho ritual porque la verdad es que carezco de total imaginación para siquiera intentar explicarlo. Por lo visto dichos paganos utilizaban estas técnicas en la víspera del Samhain para predecir su futuro. Ellos consideran el Samhain la entrada a un nuevo año y sucede durante la noche del treinta y uno de octubre y la madrugada del uno de noviembre. Por lo que, dadas las fechas en las que estamos, aquello había sucedido hace escasos días. Pues bien, ahí me hallaba yo. Justo detrás de mi barra. Y ahí se hallaba él, justo en ese banco. No podía estar más absorto con la historia. Ya sabéis lo que me gustan las buenas historias. Lo que no alcanzaba a comprender era por qué le había dedicado una narración tan explicita a sus técnicas de adivinación en vez de explicar, simple y llanamente, que son una tribu de paganos bárbaros que juegan a ser magos. Y yo, que soy avispado para estas cosas, asumí que era precisamente por aquella intrigante adivinación por la que aquel misterioso hombre había abarcado tan tremendo viaje. Así que le abordé con la pregunta de cuál era su objetivo con tan bravo viaje. Él me comentó que ansiaba saber su futuro, pues hacía poco había perdido un ser querido. Supuse que sería su amada, pero dada su voz quebrada preferí guardarme la curiosidad para mí. Él ansiaba poder volver a comunicarse con aquel ser querido. Decía que su único objetivo era aquel. La noche se tranquilizó, la lluvia seguía repiqueteando, pero de forma tan relajada que podría haber dormido a un bebé que pidiera su sesión de lactancia. Cortó la historia sin previo aviso, cogió sus avíos y me pidió una habitación, a ser posible sin vecinos a los lados. Y así lo dispuse yo, sin mucha dificultad dado que la taberna estaba vacía. Bien, vayamos a lo que os interesa. Sentado en la cama, a punto de apagar el candil lo escuché. Un golpe seco contra la madera. Pensé en no acercarme por la intimidad de quien se hospeda en mi posada, pero no pude evitar echar un ojo. Al acercarme a su puerta vi por la parte inferior del marco un reflejo, como si de agua densa se tratara. Al acercar el candil vi la sangre. Pregunté si estaba todo correcto y sin dejar mucha demora abrí la puerta. Ahí fue cuando lo vi. Aquella figura, antes misteriosa, se situaba ante mi colgada y desnuda con el miembro amputado. Desconozco cual fue el pecado por el cual se castigaba, por el cual había acudido a los paganos. Todos nos imaginamos algo, pero aquella persona decidió emprender la valentía de los cobardes justo en mi posada. Y es por esa historia, queridos amigos, por lo que la taberna está tan llena hoy, por lo que habéis venido y por lo que hubiera deseado que aquel ciprés se hubiera reventado contra mi ventana. Por tener la excusa de no dar cabida a nadie y por borrar de mi mente tan macabra silueta>>.



No hay comentarios:

Publicar un comentario