Ambos llegamos por la mañana. El aire llegaba a los pulmones con esa fragancia característica de cuando la madrugada ha acabado hace breves minutos. Según nos acercábamos a nuestro destino, más se viciaba el aire. Todo acababa aquí. Once días atrás encontramos los cadáveres de dos jóvenes, los cuales hacía pocos meses que habían llegado a la edad adulta. Fueron encontrados por un viejo pescador al alba, seis días tras la muerte de ambos, en una cueva medio inundada junto a la cala del pueblo. Cuando vi la escena no pude evitar recordar mis clases de historia del arte. Me recordó al río Estigia y a los enamorados Orfeo y Eurídice. A aquella pintura en la que Caronte vigila a los enamorados justo antes de que Eurídice se desvanezca frente a los ojos de su amado a las puertas del Hades. Hacía once días de aquel día. Diecisiete de su muerte. Habíamos reunido toda la historia. Un fotógrafo de la zona se había obsesionado con nuestra Eurídice y le había ofrecido una sesión de fotos. Ella, joven, inocente y con el egocentrismo que tienen aquellas personas atractivas hoy día con las malditas redes sociales, aceptó. Lo que no contó el asesino es que nuestro Orfeo, celoso e intrigado, había decidido seguir a su novia hasta la sesión y con ello consiguió el mismo final. Todo acababa ahora. Tras once días, once días de desesperante investigación e interrogatorios, teníamos al dueño de tan dramática obra. Estacionamos en el aparcamiento de la cafetería, junto a su coche. Acababa de acabar su desayuno. Salió por la puerta. No corrió. No vaciló. Extendió sus manos para disposición de las esposas. Todo había acabado.
Tras la recogida del susodicho por una patrulla que venía tras nosotros paramos a desayunar en aquella cafetería. Tenían puesto la emisora clásica. Un Para Elisa interpretado por la orquesta sinfónica de nosequé me abstraía y alteraba al mismo tiempo. Cadencia de sonidos que realizaban una danza macabra junto al olor del café, del cigarrillo y los pensamientos.
- ¿Sabes? me cabrea la gente guapa. –Me atreví a atacar el silencio que existía entre mi compañero y yo-. La gente que es guapa y lo sabe. La gente que es guapa y se desliza por la vida en vez de andar, en vez de escalar. Me enfada. Me siento impotente. Y no por la envidia, si no por la adversidad que existe en hacerlos entender. Ser guapo tendría que venir como un don que entrenar junto con la inteligencia. El guapo e inteligente puede dominar el mundo. El que solo es guapo o guapa solo domina a la juventud. Un alma con habilidad caduca. Eso es lo que me enfada. Que desperdicien su vida por ser guapos.
- El único responsable de su muerte es el asesino. No su atractivo. –Respondió mi compañero con esa frialdad característica de quien lleva años en esta profesión.
- Es cierto. Pero es irónico. Es como aquel boom del “selfie”. Aquellas personas que morían al caerse por acantilados por el simple hecho de buscar unos “likes”. Estos chicos han muerto en cierta medida por esa condición que mueve ahora a la sociedad.
- Demasiado emocional. Sigues culpando a su ego antes que al asesino. Como cuando el asesinato te recordó a aquella leyenda griega. Mira la historia como ha sido, no como la plasmarías en un libro. Un hideputa se ha cargado a dos jóvenes inocentes que no sabían de la vida más allá de lo que la juventud proporciona: inocencia. Ha finalizado algo que jamás se recompondrá. Finito.
El silencio volvió. Junto con el final de la bagatela de Beethoven. Junto con las últimas caladas del cigarrillo de mi compañero. Y con ello mi impotencia.
- Tu problema es que eres analítica. –Rompió él esta vez-. En ciertos aspectos es una virtud, puede ayudar a la investigación. Pero en esta profesión se necesita más la deducción. Hacemos justicia dentro de los marcos que tenemos. Sí, es probable que siendo menos atractivos no hubieran muerto. Es probable, como también es probable que hubieran muerto otros. O que un conductor ebrio atropelle a alguien y se de a la fuga. Siempre estamos con la muerte tras la oreja y no podemos obsesionarnos con ello y estar constantemente analizando el pasado. Por eso me gusta cerrar el círculo sentándome a tomar un café y fumarme un cigarrillo en silencio. Pienso en el caso, sí. Pero evito la hostigación propia.
Asentí. Continué en silencio. Elisa se había acabado.

Me ha gustado bastante, faltaba algo para terminar este domingo y lo has logrado.
ResponderEliminarSigue con el blog primin ❤️
¡Muchas gracias por el apoyo! Se intentará, aunque no me fío de mi mismo...
EliminarMe encantó!Espero que no tardes un año en volver a escribir y así poder disfrutarlo!😉
ResponderEliminarYa se verá. 😗
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