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martes, 20 de julio de 2021

La chica del vestido marrón

 El poeta refunfuñó ante sus propios pensamientos. Se levantó con dificultad y se aclaró la cara con un cuenco de agua que tenía junto al camastro. Aquel que antaño levantaba pasiones con sus palabras se encontraba decaído y en reyerta constante contra dolores musculares.

            La madrugada aún no se había ido. El poeta salió de la pequeña cabaña observando el cielo. <<Hoy estará despejado>>, se dijo. Bajó la pequeña ladera y se acercó a aquel banco situado en la cresta de los riscos. Se sentó observando el reflejo de la luna y las estrellas más brillantes en el agua marina de aquella cala. Sus pensamientos le llevaron al día anterior. <<Es usted, ¿verdad? El autor de La chica del vestido marrón. Como usted; viajo para escribir, para aprender. Aún recuerdo su paso por mi ciudad cuando tan sólo tenía doce años. El gentío estallaba de emoción ante sus poesías y sonetos. Pero su última obra, la que sólo recitó una vez… Aquella que hizo que se retirara aquí, supongo. ¿En quién se basó? ¿Quién pudo inspirar aquellas palabras que, como la mejor música y pintura, eran tan perfectas y precisas como las matemáticas, maestro?>>.

            El poeta suspiró, poco a poco el día se iba abriendo, temía que su soledad se viera afectada por la aparición de tan curioso individuo. Si bien sus respuestas fueron escuetas y su tono solemne al hacer prometer que jamás le hablaría a nadie de su localización, el hecho de que su obra aún calara en los corazones de las personas hizo templar su alma. Aquel joven que empezó con jocosas diatribas sobre la estulticia de la descendencia de las personas más adineradas, había acabado escribiendo romances y sonetos sobre quién propició su retiro.

            Soleado empezaba a ser el día. La luna y las estrellas hacía tiempo que habían sido vencidas y recluidas nuevamente hasta la noche. La marea arrastraba pequeñas olas que, tras de sí, dejaban en la orilla una estela de espuma de mar de efímera belleza. El poeta, con mirada melancólica, contempló aquella cala. Aún podía verla hundir sus pies a la espera del roce de aquella espuma que destemplaba cuerpo y pensamientos. <<¿De qué murió?>>, resonaba en sus pensamientos la última pregunta que aquel curioso y fugaz viajero se atrevió a hacerle. <<¿Quién dio que muriera?>>.

 

"El mundo es un libro y aquellos que no viajan sólo leen una página".

- Anónimo.

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